Josemaría Escrivá Obras
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Llegados a este punto de nuestra historia, cuando la excelsa figura de la Abadesa desaparece de los ojos del lector después de haberla visto brillar con soberano destello, estimamos oportuno, dentro todavía del campo de los hechos, ir jalonando un nuevo camino que nos conducirá a la meta deseada.

Tratamos de encontrar explicación a esa portentosa autoridad que durante varios siglos ejerciera en el orden espiritual la Abadesa de Las Huelgas, y nada mejor, a nuestro juicio, que preguntar a los hechos mismos el origen de suceso tan extraordinario.

¿Cómo pudo llegar una humilde religiosa a ejercer una jurisdicción eclesiástica sólo comparable con la de un Obispo en su diócesis?

El caso sorprende, desde luego, pero no tanto si se observan cuidadosamente varias circunstancias que determinaron en su conjunto el origen nebuloso y la secular permanencia de tamaña potestad.

Fieles a nuestro método, vamos a probar, más que a conjeturar, presentando hechos que unas veces no ofrecen la menor duda y otras muchas aparecen oscuros y poco precisos, pero con una oscuridad elocuente y expresiva de que cada una de estas circunstancias, que no bastan por sí para originar tal potestad, actuó como factor eficiente de un proceso complejo que dio por resultado final el nacimiento de la jurisdicción y su propia persistencia.

En éste y en los capítulos que siguen vamos a fijar nuestra atención en la actitud que adoptaron respecto de la Abadesa los Obispos, los Abades de la Orden y los Monarcas españoles, haciendo referencia, de pasada, al proceder de los Pontífices.

De los Obispos nos interesa su oposición y recelo; de los Abades y Monarcas, su simpatía y defensa; de los Pontífices, el tenor de sus privilegios y la noticia que a ellos llegaba de la jurisdicción de la Prelada.

No se crea, sin embargo, y así lo veremos a lo largo de estas páginas, que fue siempre uniforme la conducta de todos ellos, de modo que pudiéramos distribuirlos en amigos fieles y enemigos sempiternos de la Ilustrísima Señora. En ocasiones son los Obispos quienes de grado reconocen su singular jurisdicción y en ocasiones los Abades y Monarcas se encuentran justamente entre los detractores de su autoridad.

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