Josemaría Escrivá Obras
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Recordad las consideraciones de San Pablo que hemos leído en la Epístola: ¡oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensible son sus juicios y cuán inapelables sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido los designios del Señor? o ¿quién fue su consejero? ¿Quién es el que le dio primero a El alguna cosa, para que pretenda ser por esto recompensado? Todas las cosas son de El, y todas son por El y todas existen en El: a El sea la gloria por siempre jamás. Así sea (Rom XI, 33-36). A la luz de las palabras de Dios, ¡qué pequeños resultan los designios humanos cuando intentan alterar lo que Nuestro Señor ha establecido! Pero no os debo ocultar que ahora se comprueba, por todas partes, una extraña capacidad del hombre: no logrando nada contra Dios, se ensaña contra los demás, siendo instrumento tremendo del mal, ocasión e inductor de pecado, sembrador de esa confusión que lleva a que se cometan acciones intrínsecamente malas, presentándolas como buenas.

Siempre ha habido ignorancia: pero en estos momentos la ignorancia más brutal en materias de fe y de moral se disfraza, a veces, con altisonantes nombres aparentemente teológicos. Por eso el mandato de Cristo a sus Apóstoles -lo acabamos de escuchar en el Evangelio- cobra, si cabe, una apremiante actualidad: id y enseñad a todas las gentes (Mt XXVIII, 19). No podemos desentendernos, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos encerrarnos en nosotros mismos. Acudamos a combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de serenidad, de doctrina.

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