Josemaría Escrivá Obras
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Comprendéis ahora por qué no se puede separar la Iglesia visible de la Iglesia invisible. La Iglesia es, a la vez, cuerpo místico y cuerpo jurídico. Por el hecho mismo de que es cuerpo, la Iglesia se discierne con los ojos (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, p. 724), enseñó León XIII. En el cuerpo visible de la Iglesia -en el comportamiento de los hombres que la componemos aquí en la tierra- aparecen miserias, vacilaciones, traiciones. Pero no se agota ahí la Iglesia, ni se confunde con esas conductas equivocadas: en cambio, no faltan, aquí y ahora, generosidades, afirmaciones heroicas, vidas de santidad que no producen ruido, que se consumen con alegría en el servicio de los hermanos en la fe y de todas las almas.

Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística -clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos- que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre.

La Iglesia es, por tanto, inseparablemente humana y divina. Es sociedad divina por su origen, sobrenatural por su fin y por los medios que próximamente se ordenan a ese fin; pero, en cuanto se compone de hombres, es una comunidad humana (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, 710). Vive y actúa en el mundo, pero su fin y su fuerza no están en la tierra, sino en el Cielo.

Se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática -que sería la verdaderamente fundada por Cristo-, de otra jurídica o institucional que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica.

Y no es posible dejar de recordar que, cuando el Señor instituyó su Iglesia, no la concibió ni formó de modo que comprendiera una pluralidad de comunidades semejantes en su género, pero distintas, y no ligadas por aquellos vínculos que hacen a la Iglesia indivisible y única... Y así, cuando Jesucristo habló de este místico edificio, recuerda sólo a una Iglesia a la que llama suya: edificaré mi Iglesia (Matt. XVI, 18). Cualquier otra que fuera de ésta se imagine, al no haber sido fundada por El, no puede ser su verdadera Iglesia (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, pp. 712 y 713).

Fe, repito; aumentemos nuestra fe, pidiéndola a la Trinidad Beatísima, cuya fiesta celebramos hoy. Podrá ocurrir todo, menos que el Dios tres veces Santo abandone a su Esposa.

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