Josemaría Escrivá Obras
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La humildad del Señor era otro golpe, para aquel modo de consumir la vida ocupados sólo de sí mismos. Estando en Roma, he comentado repetidas veces, y quizá me lo habéis oído decir, que por debajo de esos arcos, hoy en ruinas, desfilaban triunfadores, vanos, engreídos, llenos de soberbia, los emperadores y sus generales vencedores. Y, al atravesar esos monumentos, quizá bajaban la cabeza por temor a golpear el arco grandioso con la majestad de sus frentes. Sin embargo, Cristo, humilde, no precisa tampoco: conocerán que sois mis discípulos en que sois humildes y modestos.

Querría haceros notar que, después de veinte siglos, todavía aparece con toda la fuerza de la novedad el Mandato del Maestro, que es como la carta de presentación del verdadero hijo de Dios. A lo largo de mi vida sacerdotal, he predicado con muchísima frecuencia que, desgraciadamente para tantos, sigue siendo nuevo, porque nunca o casi nunca se han esforzado en practicarlo: es triste, pero es así. Y está muy claro que la afirmación del Mesías resalta de modo terminante: en esto os conocerán, ¡en que os amáis los unos a los otros! Por eso, siento la necesidad de recordar constantemente esas palabras del Señor. San Pablo añade: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo. Ratos perdidos, quizá con la falsa excusa de que te sobra tiempo... ¡Si hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad ha hecho que pasara inadvertida.

No les había quedado un instante libre, argumentarían aquellas pobres, que van con las lámparas vacías. Les sobra la mayor parte del día a los obreros de la plaza, porque no se sienten obligados a prestar servicio, aunque la búsqueda del Señor es continua, es urgente, desde la primera hora. Aceptémosla, respondiendo que sí: y aguantemos por amor —que no es aguantar— el peso del día y del calor.

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