Dirección

Madera de santo. —Eso dicen de algunas gentes: que tienen madera de santos. —Aparte de que los santos no han sido de madera, tener madera no basta.

Se precisa mucha obediencia al Director y mucha docilidad a la gracia. —Porque, si no se deja a la gracia de Dios y al Director que hagan su obra, jamás aparecerá la escultura, imagen de Jesús, en que se convierte el hombre santo.

Y la «madera de santo», de que venimos hablando, no pasará de ser un leño informe, sin labrar, para el fuego... ¡para un buen fuego si era buena madera!

Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar.

No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones.

No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones..., y las espinas, y el peso de la cruz..., y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo...

Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón.

Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior.

Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro.

Si no levantarías sin un arquitecto una buena casa para vivir en la tierra, ¿cómo quieres levantar sin Director el alcázar de tu santificación para vivir eternamente en el cielo?

Cuando un seglar se erige en maestro de moral se equivoca frecuentemente: los seglares sólo pueden ser discípulos.

Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte..., obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo.

Tú —piensas— tienes mucha personalidad: tus estudios —tus trabajos de investigación, tus publicaciones—, tu posición social —tus apellidos—, tus actuaciones políticas —los cargos que ocupas—, tu patrimonio..., tu edad, ¡ya no eres un niño!...

Precisamente por todo eso necesitas más que otros un Director para tu alma.

No ocultes a tu Director esas insinuaciones del enemigo. —Tu victoria, al hacer la confidencia, te da más gracia de Dios. —Y además tienes ahora, para seguir venciendo, el don de consejo y las oraciones de tu padre espiritual.

¿Por qué ese reparo de verte tú mismo y de hacerte ver por tu Director tal como en realidad eres?

Habrás ganado una gran batalla si pierdes el miedo a darte a conocer.

El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo.

No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es «otro Cristo». —Y que el Espíritu Santo ha dicho: «nolite tangere Christos meos» —no queráis tocar a «mis Cristos».

Presbítero, etimológicamente, es tanto como anciano. —Si merece veneración la ancianidad, piensa cuánto más habrás de venerar al Sacerdote.

¡Qué poca finura de espíritu —y qué falta de respeto— supone dedicar bromas y vayas al Sacerdote —quien sea— bajo ningún pretexto!

Insisto: esas bromas —burlas— al Sacerdote, con todas las circunstancias que a ti te parezcan atenuantes, son siempre, por lo menos, una ordinariez, una chabacanería.

¡Cómo hemos de admirar la pureza sacerdotal! —Es su tesoro. —Ningún tirano podrá arrancar jamás a la Iglesia esta corona.

No me pongas al Sacerdote en el trance de perder su gravedad. Es virtud que, sin envaramiento, necesita tener.

¡Cómo la pedía —¡Señor, dame... ochenta años de gravedad!— aquel clérigo joven, nuestro amigo!

Pídela tú también, para el Sacerdocio entero, y habrás hecho una buena cosa.

Te ha dolido —como una puñalada en el corazón— que dijeran de ti que hablaste mal de aquellos sacerdotes. —Y me alegro de tu dolor: ¡ahora sí que estoy seguro de tu buen espíritu!

Amar a Dios y no venerar al Sacerdote... no es posible.

Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote.

Si no tienes un plan de vida, nunca tendrás orden.

Eso de sujetarse a un plan de vida, a un horario —me dijiste—, ¡es tan monótono! Y te contesté: hay monotonía porque falta Amor.

Si no te levantas a hora fija nunca cumplirás el plan de vida.

¿Virtud sin orden? —¡Rara virtud!

Cuando tengas orden se multiplicará tu tiempo, y, por tanto, podrás dar más gloria a Dios, trabajando más en su servicio.

Referencias a la Sagrada Escritura
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