Josemaría Escrivá Obras
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El 21 de octubre de 1960, en un acto académico celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer recibió del Rector Magnífico, Dr. D. Juan Cabrera y Felipe, la investidura de doctor honoris causa por la Facultad de Filosofía y Letras. Actuó como padrino el Dr. Solano Costa, Catedrático de esta Facultad. El nuevo doctor pronunció el siguiente discurso de agradecimiento.

Magnífico y Excelentísimo señor Rector, Excelentísimos e Ilustrísimos Señores, Ilustres Claustros de la Universidad de Zaragoza, Señoras y Señores:

Quiere la tradición universitaria, y el respetarla es para mí un gustoso deber, que el nuevo Doctor pronuncie una alocución en el acto solemne de su investidura. El tema obligado del discurso tiene que ser, necesariamente, la acción de gracias, la gratitud que en este caso os aseguro profundamente sincera y cordial, por el alto honor que representa el haber sido llamado a formar parte del Claustro de Doctores. El agradecimiento está teñido de una nota de peculiar emoción cuando, como ahora, es la propia Alma Mater, la Universidad misma de la que el nuevo Doctor fue alumno, aquella que le otorga el más alto y preciado de sus títulos. Vieja y querida Universidad de Zaragoza, cuya memoria viene hoy a mi mente unida a recuerdos imborrables de tiempos ya lejanos. Años transcurridos a la sombra del seminario de San Carlos, camino de mi sacerdocio, desde la tonsura clerical recibida de manos del cardenal don Juan Soldevilla, en un recogido oratorio del Palacio Arzobispal, hasta la primera misa, una mañana a muy temprana hora, en la Santa Capilla de la Virgen. Años, también, de estudiante universitario, en la antigua Facultad de Derecho de la plaza de la Magdalena. Quisiera evocar hoy, con afectuoso respeto, los nombres de tantos insignes juristas que fueron allí mis maestros; pero me permitiréis que al menos mencione el de uno de ellos, para cifrar en él el agradecido reconocimiento que a todos y a cada uno les debo: estoy hablando de don Juan Moneva y Puyol. Fue, de todos mis profesores de entonces, al que más de cerca traté y de ese trato nació entre nosotros una amistad que se mantuvo viva, después, hasta su muerte. Don Juan me demostró en más de una ocasión un entrañable afecto y yo pude apreciar siempre todo el tesoro de recia piedad cristiana, de íntegra rectitud de vida y de tan discreta como admirable caridad, que se ocultaba en él bajo la capa, para algunos engañosa, de su aguda ironía y de la jovial donosura de su ingenio. Para don Juan y para mis otros maestros, mi más emocionado recuerdo; que a él, y a cuantos como él pasaron ya de esta vida, les haya otorgado el Señor el premio de la eterna bienaventuranza.

Siete lustros han pasado ya desde que abandoné las aulas de la Universidad de Zaragoza y las tierras de Aragón en que nací. Largos años que no han conseguido borrar de la mente el recuerdo, ni ahogar en el corazón el afecto por aquella Universidad ni por esta tierra. En la Roma eterna, junto al sepulcro de Pedro, o viajero por todos los caminos de Europa, su memoria ha estado y sigue estando siempre muy presente en mí.

Por eso, al tener hoy que dirigiros la palabra, he querido hablar de Aragón, mas no por estrecho y provinciano afán de localismo, ni tampoco con ropajes de erudición científica que no convienen a la circunstancia ni al momento. Quisiera, simplemente, traer a vuestra consideración algunos nombres y hechos de todos conocidos; pero que, al engarzarse por el hilo conductor de la historia, pueden servirnos como de eslabones, de grandes hitos, para tomar conciencia de la aportación de Aragón a ese quehacer divino y humano que es la vida misma de la Iglesia universal.

Huellas de Aragón, de Zaragoza, en la historia de la Cristiandad a través del discurrir de los siglos, del renovarse de las culturas, para contemplar cómo la Iglesia, cumpliendo el mandato de Cristo, ha sabido siempre, con eterna juventud, informar del espíritu del Evangelio cada hora y dar la respuesta adecuada a los anhelos y a la expectativa de los tiempos.

Acompañadme, pues, ahora hasta los albores mismos del Cristianismo en nuestra tierra. Aragón, la Zaragoza cristiana, tuvieron su poeta: Aurelio Prudencio. Que viera la luz en Zaragoza o en Calahorra es cuestión que podemos dejar para que la discutan los eruditos y que tal vez no llegue nunca a resolverse con incuestionable y científica evidencia. Para nuestro intento es asunto de menor importancia, ya que el gran poeta cristiano de orillas del Ebro es, en todo caso, zaragozano de corazón, se muestra estrecha y familiarmente vinculado a esta ciudad y es, además, el cantor de los mártires de Zaragoza. A Prudencio le ha tocado en suerte vivir la hora gloriosa del triunfo de la Iglesia, cuando el Orbis romanus ha llegado a ser también Orbis catholicus. Tres siglos de epopeya, de persecución y de martirio han obrado el milagro de la conversión del mundo antiguo, y al Imperio de Roma lo corona ahora la Cruz. De ese Imperio cristiano, Zaragoza es una de las más ricas preseas. Cubierta por la púrpura de sangre de sus mártires, apenas si podrán bajo este título superarla la populosa Cartago o la misma Roma, señora del mundo. Prudencio canta al pueblo, a la ciudad, que tiene el honor de albergar a dieciocho mártires en un solo sepulcro, y a esa ciudad —dice— «a la ciudad que le ha cabido semejante gloria la llamamos Zaragoza»: Caesaraugustam vocitamus urbem res cui tanta est.

Zaragoza, la insigne urbe romana, aparece a los ojos de Prudencio como paradigma, como prototipo de la ciudad cristiana. Es una ciudad ganada por la Cruz, amante del Señor —Caesaraugusta studiosa Christo—. Ha sido rescatada a un precio de muy subido valor, la sangre de sus hijos; su cabeza está ceñida por corona de victoria, una corona martirial de pálidas hojas de olivo, verticem flavis oleis revincta. De su recinto han sido arrojadas para siempre las sombras de la idolatría y del error. Es patrimonio, dominio pleno del Señor: Christus in totis habitat plateis. Christus ubique est —Cristo habita en todas sus plazas, Cristo está por doquier.

Así canta Prudencio a Zaragoza, así enaltece a sus mártires y celebra sus glorias cristianas. Pero Prudencio tiene el espíritu abierto, universal, católico, y el amor a su patria no es obstáculo para que su mirada se levante hacia más amplios y dilatados horizontes. El hispano Aurelio Prudencio tiene el corazón romano cuando el nombre de Roma es sinónimo de la oikoymene, del orbe cristiano, de la Iglesia universal. En otro de los hermosos himnos del Peristephanon, el himno en honor del martirio de San Lorenzo —el hijo de Huesca y diácono romano—, brilla luminoso el universalismo de Prudencio; universalismo que equivale a romanidad, pues la Urbe es caput mundi y cátedra de Pedro.

Prudencio está firmemente persuadido de la misión providencial del Imperio Romano. Se halla en la línea de los escritores cristianos que, a partir sobre todo de Orígenes, consideran que un designio divino ha sometido a los pueblos al poder de Roma —aun de la Roma todavía pagana—, para que esa admirable unidad del orbe lograda bajo su cetro fuera la circunstancia propicia y el vehículo mejor para la propagación por todas las naciones de la doctrina de Cristo. Esa fe de Prudencio en la misión providencial de Roma, que trasciende de muchos de sus escritos, esa convicción de que Dios había otorgado a Roma el dominio admirablemente expresada en el himno en honor de San Lorenzo.

Oh Cristo, único Dios...

que pusiste el poder de Roma sobre todos los demás cetros, decretando que el mundo sirviera a las togas de los Quintes y ante sus armas se rindiera...

Pero ahora esa Roma feliz, dominadora del mundo, es ya cristiana: la antigua madre de templos está consagrada a Cristo; y esta victoria, la más gloriosa de todas las suyas, la ha conseguido bajo la capitanía de Lorenzo —Laurentio victrix duce—. Ha sido escuchada la oración del diácono mártir, en cuyos labios pone Prudencio una súplica por la conversión de Roma, una oración, entre las agonías del tormento que se eleva a Dios pidiendo la gracia de la fe para aquella ciudad, instrumento de sus designios:

Concede, Cristo, a tus romanos que sea cristiana la Urbe por la que Tú mismo hiciste que una sola fuese la fe de todos

Universalismo de Aurelio Prudencio, el poeta de la Zaragoza cristiana, el cantor de sus mártires, es también el cantor romano de las glorias de Roma, el poeta de la Iglesia universal. De ahí la supervivencia de su obra a través de los tiempos, su perenne actualidad. La Iglesia quiere que su voz siga sonando todavía y la Liturgia católica ha incorporado al Oficio divino hasta siete himnos de Prudencio, tomados todos ellos del Cathemerinon.

La visión cristiana de Prudencio es una visión triunfal. Le ha correspondido vivir una hora de plenitud, cuando ha cuajado en esplendorosa realidad esa victoria de Cristo, obtenida tras una gesta de sangre que ha durado siglos. El Imperio rematado por la Cruz parecía simbolizar la coronación de la empresa, el definitivo logro anhelado desde el principio. Y, sin embargo, eran aquellos tiempos de transición, que en muchos aspectos iban a ser, más que de plenitud, tiempos de epílogo.

En el libro II contra Símaco, Prudencio deja constancia de un hecho que tiene la gravedad del síntoma inquietante, aunque quizás él no adivinara todavía el inmenso alcance de la crisis que presagiaba: Probó últimamente el tirano gótico de desolar a Italia, bajando conjurado desde el patrio Danubio a devastar sus fortalezas, a incendiar sus palacios, a cubrir con sus bárbaros sayos a los insignes togados.

No quiso Dios que el Imperio cristiano fuera el apacible remanso donde la Iglesia pudiera descansar, disfrutando con pacífico sosiego de los laureles conseguidos gracias al esfuerzo de ayer. La historia siguió su curso, tal vez para que quedase claro a nuestros ojos que Jesucristo no ha enfeudado su Iglesia a ningún mundo, a ninguna civilización, a ninguna cultura; sino que, como en la parábola evangélica, la levadura ha de operar sin descanso, informando una masa en constante renovación. Llegaron otros pueblos, se iniciaron nuevas edades, y también en ellas supo dar la Iglesia respuesta cabal a las necesidades del tiempo y seguir cumpliendo en la tierra su divina misión. En este alborear del Medioevo, otro hombre íntimamente ligado a Zaragoza brilla como astro de primera magnitud en el firmamento cristiano: San Braulio, obispo de la ciudad.

Si ha podido llamarse, con toda justicia, era isidoriana a la época de la Monarquía visigoda católica, Braulio ocupa en ella, con pleno derecho, el segundo lugar, detrás tan sólo del Santo Metropolitano de Sevilla. Fue, además, el heredero y continuador de su obra, de la gran empresa de la Iglesia española, que había estructurado un Estado según el Derecho público cristiano, tras de alcanzar el más admirable de los logros, gracias a la conversión de la raza bárbara y dominadora: la unidad católica, ese gran legado visigótico que en lo sucesivo habrá de constituir, hasta nuestros días, la esencia misma de España.

Braulio nació en el seno de una familia de vieja cepa católica, de una estirpe levítica que dio varios obispos a la Iglesia, como aquella otra familia zaragozana de los Valerios, que recordaba Prudencio, la sacerdotum domus infulata Valeriorum. Diez años en Sevilla, a la vera de Isidoro —el Santo Doctor y maestro de Occidente—, hicieron de él su mejor discípulo y el amigo más querido. Esa amistad se mantendría siempre; y cuando Braulio, de regreso a Zaragoza, suceda en la Sede episcopal a su hermano Juan, la correspondencia entre los dos Santos es el documento más expresivo del tierno afecto que se profesaban. Un afecto que encuentra acentos patéticos en la última carta que le escribe antes de morir el anciano Isidoro: con todo afecto he deseado ver de nuevo tu rostro y ojalá que Dios haga cumplirse mi deseo antes de que me muera. Con razón llorará Braulio a su maestro como un varón incomparable por su ciencia y, sobre todo, como el más excelente de todos los hombres.

A la muerte de Isidoro, Braulio se convierte en la primera figura de la Iglesia de España, en unos momentos en que esta Iglesia, por su cultura, por su actividad conciliar, por la asombrosa fecundidad en todos los aspectos de su vida, no admite parangón con ninguna de las otras Iglesias cristianas de Occidente. Son estas circunstancias que conviene tener muy en cuenta, para enjuiciar con acierto la reacción de la Iglesia de España en el incidente surgido a raíz de la famosa carta del Papa Honorio I.

San Braulio contesta al Pontífice en nombre de la Jerarquía eclesiástica de España, de universi episcopi per Hispaniam constituti, y su respuesta en tan delicada coyuntura es el más elocuente y cordial reconocimiento del magisterio y del Primado del Pontífice Romano, y el mejor testimonio de la diáfana lucidez doctrinal del gran obispo de Zaragoza. Discípulo de Isidoro, maestro de San Eugenio y de Tajón, que ocuparían luego las sedes de Toledo y Zaragoza, es una lumbrera que ilumina a la Iglesia en los tiempos en que se está forjando la Edad Media.

Llegarían de nuevo horas difíciles en que parecía que la Cristiandad española iba a naufragar para siempre entre el oleaje de la inmensa marea del Islam. Pero llegó también el día en que apuntaron en el cielo las señales precursoras de una nueva bonanza. Todavía no había vuelto Zaragoza a manos cristianas cuando un monarca de Aragón, de un reino aún agreste y montaraz, peregrina a Roma en 1068 y se encomienda a la Santa Sede como miles beati Petri, caballero de San Pedro. Este rey, Sancho Ramírez, que declararía más tarde su reino de Aragón feudatario de la Sede Apostólica, sería, además, un eficaz y entusiasta colaborador en la gran obra de restauración eclesiástica de la Reforma gregoriana.

El reino de Sancho Ramírez, lazo de unión entre España y Europa, fue la puerta por donde penetró en la Península la liturgia romana. Un día, el martes 22 de marzo del año 1071, la hora de Sexta del Oficio divino se rezó por vez primera en San Juan de la Peña según el rito romano. Estaban presentes el rey y el Legado pontificio, el famoso cardenal Hugo Cándido. Una vez más, el solar aragonés era teatro de un acontecimiento llamado a dejar perdurable memoria en la vida de la Iglesia universal.

Pasaron los siglos y en la historia de la Iglesia, Aragón fue grabando su huella, esa huella en la que muchas veces puede reconocerse la impronta que el modo de ser aragonés deja en sus gentes, sus virtudes y sus defectos, su talante: la fidelidad heroica a la fe de San Pedro de Arbués o la terquedad indomable en mantener el que cree ser buen derecho, de un Pedro de Luna; y esa amable santidad de una infanta de Aragón, la reina Isabel de Portugal, cuyo paso por el mundo fue como una luminosa siembra de paz entre los hombres y los pueblos.

Pero no es posible ya prolongar esta relación ni descender a nuevos pormenores, aun a costa de pasar por alto a tantos aragoneses, beneméritos en el servicio de la Iglesia, y cuyos nombres siguen viviendo en el recuerdo de todos. Permitidme, sin embargo, antes de terminar, hablaros todavía de un hijo de esta tierra, el mejor tal vez entre los mejores, y que a mí me ha inspirado siempre una especial veneración: San José de Calasanz.

En la circunstancia histórica de la primera mitad del siglo XVII, cuando la sociedad estamental se hallaba todavía en la plenitud de su apogeo, el ideal pedagógico de San José de Calasanz, en abierta pugna con la mentalidad de entonces, aparece ante el observador de hoy con dimensiones de intuición profética. En una época en la que se juzgaba indiscutible que la instrucción superior era patrimonio exclusivo de los jóvenes de la aristocracia, y que al pueblo se le debía enseñar tan sólo la doctrina cristiana y en todo caso las primeras letras, el designio del Santo aragonés de cultura y educación para todos, de la formación integral —científica y doctrinal, profesional y humana—de los hijos de las clases populares había de encontrar, forzosamente, la más cerrada incomprensión y suscitar en contra de él las tempestades que le azotaron con tan estremecedora violencia. Era lógico que fuesen tantos los que —como escribía el Santo— son del mismo parecer, de que no se enseñe a los pobres sino los rudimentos: que fuesen legión los que se escandalizaban —son también palabras suyas— de la escuela única, con mezcla de pobres y ricos, plebeyos y nobles bajo el mismo maestro. Y es que San José de Calasanz fue un precursor, se adelantó en siglos al tiempo en que vivió. La idea que preside el proyecto educacional de las Escuelas Pías habría de esperar el paso de varias generaciones para abrirse camino; para ser consideradas, primero, como aspiración justa y razonable y después, como urgente necesidad de las más modernas sociedades y tarea apremiante de la política cultural de todos los países.

San José de Calasanz era un precursor y ésa fue la razón de sus muchos infortunios, pero ése es también, justamente, su mejor timbre de gloria.

El Espíritu Santo, presente siempre en la Iglesia, inspiró a José la respuesta adecuada a unos tiempos nuevos, a esas transformaciones de la sociedad que los hombres avisados de su época todavía no adivinaban en el horizonte de la historia. San José de Calasanz fue el instrumento escogido por Dios, para preparar solución cristiana a una de las más grandes necesidades de un mundo que estaba todavía por venir, pero cuya hora llegaría. Por eso es gloria de la Iglesia universal y honra de esta tierra de Aragón donde nació.

Y nada más, señores, que con exceso he retenido ya vuestra atención. Concededme tan sólo, para terminar, deciros unas últimas palabras, que me llevan de nuevo al motivo principal de este discurso. No era éste sino testimoniar mi gratitud, el expresaros mi más cordial, mi más profundo y sincero reconocimiento por el altísimo honor que me dispensáis, al agregarme al Claustro de Doctores de esta ilustre Universidad. Como aragonés, como antiguo alumno, ninguna distinción podía ser más preciosa para mí. Permitidme ver en ella, mejor que el galardón a unos méritos, una entrañable muestra de cariño de la antigua Alma Mater, una delicadeza que, por llegar perfumada de ese afecto maternal, no puede menos de conmoverme hasta lo más íntimo del corazón.

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