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  Discursos sobre la Universidad > Formación enteriza de las personalidades jóvenes > Punto 4
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El 28 de noviembre de 1964, en el Aula Magna del Edificio Central de la Universidad de Navarra, se celebró por primera vez una investidura de doctores honoris causa Bajo la presidencia del Gran Canciller, Excmo. Sr. D. Josemaría Escrivá de Balaguer, recibieron el grado los Excmos. Sres. D. Juan Cabrera y Felipe, entonces Rector de la Universidad de Zaragoza, por la Facultad de Derecho; y D. Miguel Sancho Izquierdo, que había ocupado en el periodo precedente el mismo cargo, por la de Filosofía y Letras. Junto con los méritos académicos y científicos de los nuevos Doctores, se reconocía de este modo la generosa acogida de la Universidad Cesaraugustana, por ellos presidida, al Estudio General y Universidad de Navarra, incluida en el Distrito universitario de la capital aragonesa durante sus primeros años. El Gran Canciller cerró el acto académico con el discurso siguiente.

Es propio de las colectividades en las que campean la alegre esperanza y el ímpetu creador, rodear de ambiente festivo el cumplimiento estricto de un acto de justicia, cuando se honra a unos hombres de bien. Por eso, hoy, esta Universidad de Navarra —la más joven entre sus hermanas las Universidades de España— está cumpliendo con gran júbilo las prescripciones de la tradicional praxis académica, en la investidura de sus dos primeros doctores honoris causa.

Son dos maestros, que han ocupado sucesivamente el sitial de Rector Magnífico en la Universidad Cesaraugustana. Al nombrar el alma mater de mis enérgicas tierras de Aragón, no puedo dejar de evocar con ternura los años —nada fáciles para la Iglesia ni para la Patria— en los que acudí yo también a las aulas de su antigua casona, para seguir los estudios de Leyes. Más tarde, cuando en mi vida —orientada por la voluntad de Dios—ha sido preciso en tantas ocasiones actuar con criterio jurídico de seguro que ha gravitado en mi alma, junto a las luces de la Teología y de las otras ciencias sagradas, aquel sentido del Derecho que aprendí en mis tiempos de estudiante universitario en Zaragoza.

A esa Universidad honramos ahora, en las personas de sus dos Rectores Magníficos. Pero también a cada uno de ellos: a sus largos años de profesorado, a sus aportaciones a la ciencia, a su ejemplaridad personal. Al hacerlo, damos testimonio solemne del afecto que a nuestra Universidad de Navarra estos eminentes profesores han probado con notorios hechos.

Don Miguel Sancho Izquierdo es, en efecto, un noble cultivador de la Filosofía del Derecho. Muchas promociones de licenciados, que de su saber aprendieron los conceptos básicos del jurisperito y la norma del profesional honesto, respaldarán ahora con su emocionada adhesión la feliz iniciativa —particularmente gozosa para mí, porque me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas—, que adoptó oportunamente la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad, a la que él dispensó desde el primer momento la benevolencia y la generosa acogida que caracteriza a los grandes espíritus.

Don Juan Cabrera y Felipe hace ya mucho tiempo que vino a los paisajes del Moncayo y del Ebro, desde aquellos otros hermosos paisajes rientes y marinos que desde la Antigüedad vienen siendo llamados islas afortunadas. Los saberes del mundo físico han sido y siguen siendo su tarea científica. Unido a ellos por una alta tradición familiar, él ha sabido acrecerlos por su parte y enseñarlos con fervorosa dedicación, dejando atrás sin encono incomprensiones de la vida. Al refrendar como Gran Canciller la propuesta de su nombramiento que formuló la Facultad de Derecho, me complace especialmente que haya correspondido al Presidente General del Opus Dei —Obra que algo sabe también de incomprensiones— ofrecerle esta muestra pública de estimación, como cristiano y como científico.

Miremos con ánimo grande el porvenir. Ayudar a forjarlo es labor de muchos, pero muy específicamente empeño vuestro, profesores universitarios. No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes. Ya el humanismo helénico fue consciente de esta riqueza de matices. Pero cuando —llegada la plenitud de los tiempos— Cristo iluminó para siempre las arcanas lejanías de nuestro destino eterno, quedó establecido un orden humano y divino a la vez, en cuyo servicio tiene la Universidad su máxima grandeza.

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