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  Discursos sobre la Universidad > La Universidad ante cualquier necesidad de los hombres > Punto 7
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El 7 de octubre de 1972 el Gran Canciller, Excmo. Sr. D. Josemaría Escrivá de Balaguer, pronunció en el Aula Magna de la Universidad de Navarra el presente discurso, en el acto académico de investidura de doctores honoris causa, en Derecho, al Prof. Paul Ourliac, de la Universidad de Toulouse y Director del Instituto de Estudios Políticos de dicha ciudad; en Filosofía y Letras, al Prof. Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya, de la Universidad Complutense, Director del Instituto de España y Presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra; y en Ciencias Naturales, al Prof. Erich Letterer, de la Universidad de Tubinga.

Excelentísimos Señores, Dignísimas Autoridades, Ilustre Claustro de esta Universidad, Señoras y Señores:

Al comenzar un nuevo curso en la vida de esta Universidad, el colorido de las vestiduras académicas ennoblece su marco, solemne y engalanado para recibir en el Claustro de Doctores a tres Maestros de las Artes, de las Leyes y de la Medicina.

Como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, al otorgaros este galardón, quiero manifestaros, ante todo, mi agradecimiento por la colaboración que, con vuestro trabajo, venís prestando a esta Universidad.

Cuando el ánimo fatigado de tantos protagonistas de la tarea universitaria trasluce hoy los desasosiegos de una hora de cambios profundos, es una invitación a la esperanza contemplar la vida de los tres nuevos Doctores: sus años de servicio generoso a la Universidad; su grandeza de ánimo para afrontar problemas arduos; su trabajo constante, con altura, sin desmayos ni rutina; su solicitud en la formación de tantos discípulos, en los que han sabido despertar la conciencia de la nobleza de la vocación universitaria, como instrumento de progreso espiritual, científico, cultural y civil.

Soy sacerdote de Jesucristo y contemplo con alegría los avances grandiosos de la sabiduría humana. El Señor otorgó al hombre, como prueba de su amor de predilección, el privilegio de ese chispazo de la inteligencia divina que es el entendimiento. Y es una maravilla comprobar cómo Dios ayuda a la inteligencia humana en esas investigaciones que necesariamente tienen que llevar a Dios, porque contribuyen —si son verdaderamente científicas— a acercarnos al Creador.

Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro incierto, a promover —con el amor a la verdad, a la justicia y a la libertad— la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones.

Los nuevos Doctores son Maestros en saberes enraizados en el venero más profundo del patrimonio cultural clásico, en disciplinas cultivadas en las Universidades casi desde su mismo origen, y especialmente necesarias a los hombres de nuestro tiempo.

La Medicina alivia los sufrimientos del cuerpo y el dolor del alma, inseparables de nuestra condición humana, y facilita ese derecho del hombre a no estar solo en la hora difícil de la enfermedad y el desconsuelo.

El Derecho ordena según justicia la convivencia de los hombres y de los pueblos, y garantiza contra los abusos y tiranías de quienes querrían vivir o gobernar a tenor de su propio arbitrio o de su fuerza prepotente.

Las Artes estimulan la contemplación de la belleza, y ayudan a sobrellevar el peso de un trabajo que, por tantas circunstancias, hoy es más fácil que agote y rinda los espíritus.

El Profesor Erich Letterer alcanzó muy joven renombre universal por sus investigaciones médicas, publicadas en centenares de trabajos y desarrolladas por un extraordinario número de discípulos y colaboradores. Frente a la fragmentación de la ciencia contemporánea, el Profesor Letterer ha sabido inscribir en una síntesis global los hallazgos pacientes de sus investigaciones especializadas y minuciosas. Y, en 1964, quiso poner todo su saber y prestigio científico al servicio de esta Universidad. Desde entonces y hasta 1971, como Profesor ordinario de Patología General y Director del Departamento de Inmunología de nuestra Facultad de Medicina, ha realizado una inolvidable labor como científico y como maestro. La Universidad de Navarra sabe bien cuánto debe al Profesor Erich Letterer al recibirle hoy en el Claustro de Doctores de su Facultad de Ciencias.

En el Profesor Paul Ourliac se integra el estudio del Derecho y el de la Historia, en sus ya largos años de dedicación a la docencia en Montpellier y Toulouse. Mérito suyo es la permanente contribución a un mejor conocimiento de las instituciones históricas del Derecho francés, y de las vicisitudes de la Iglesia y del Derecho canónico en el siglo XV, época de contrastres violentos y perfiles difíciles. Sus estudios sobre el Derecho en el Medioevo de la Francia meridional —publicados algunos en España— muestran hasta qué punto es solidario el patrimonio cultural y jurídico de los países del Occidente europeo. Su labor directiva en el Instituto de Estudios Políticos de Toulouse atestigua cómo el conocimiento profundo de la Historia enriquece todo esbozo de solución de los nuevos problemas sociales. Al incorporarle a nuestro Claustro de Doctores correspondemos también, en justicia, a su colaboración esforzada y leal con la Universidad de Navarra.

Y esta Universidad no puede dejar de agradecer la aportación de la fecunda madurez del Marqués de Lozoya: después de muchos años de docencia, vino a enseñar a Pamplona con alma joven, con la amplitud asombrosa de su ciencia y, sobre todo, con la inimitable sencillez de su temple humano. Poeta delicado, escritor brillante, hombre de bien, don Juan de Contreras y López de Ayala ocupa un lugar de relieve entre los enamorados y los historiadores del Arte español. Al cariño auténtico de sus innumerables discípulos —dentro y fuera de las aulas— se une hoy la gratitud de la Universidad de Navarra, cuya Asociación de Amigos ha aceptado presidir desde 1971.

En los méritos de estos ilustres Maestros, reconocemos un capítulo del dilatado esfuerzo de la inteligencia humana por salir de las oscuridades de la ignorancia y del error, y por liberarse de la miseria y de la angustia. Su ejemplo es un renovado estímulo que nos impulsa a seguir andando el largo camino del progreso.

Los corazones generosos, mientras jalonan el apasionante y difícil panorama del trabajo universitario con su abnegación, con su espíritu de servicio y con su ilusión humana, repetirán con alegría aquellas palabras de la Escritura:

¿No está ahí, clamando, la sabiduría y dando gritos la inteligencia? Se para en los altos cabezos, junto a los caminos, en los cruces de las veredas; da voces en las puertas, en las entradas de la ciudad, en los umbrales de las casas (Prov. VIII, 1-3).

Cuando lo invocamos con fortaleza, el Señor da claridad a nuestra mente y afianza nuestra fe.

In quacumque die invocavero te, exaudi me (Ps. CXXXVII, 3). El Señor nos escucha siempre que acudimos a su amor y a su poder. Hoy nos dirigimos de nuevo a El, serenos, confiados, en petición humilde de la luz de su Sabiduría, que ilumine las inteligencias y los corazones en nuestro laborar incierto por el progreso de la ciencia y de la cultura, por la promoción de todos los hombres, por la pedagogía de la fe cristiana.

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