Josemaría Escrivá Obras
 
 
 
 
 
 
 
 
  Estudios sobre Camino > Testimonios sobre un clásico de la literatura espiritual > Punto 5
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José Miguel Cejas

Un sacerdote joven1934. Un joven sacerdote contempla las notas personales que ha ido escribiendo en los últimos años: apuntes íntimos, anécdotas, consideraciones espirituales inflamadas de afán apostólico, algunas ya reproducidas en multicopista. Luego recoge algunos puntos de las cartas que dirige a sus amigos. Y así, al filo de la vida diaria, va elaborando un libro —Consideraciones Espirituales— que aparecerá ese año y recogerá su experiencica sacerdotal. Cinco años más tarde, a finales de junio de 1939, ese libro saldrá de nuevo a la luz, bajo un nuevo título, y sensiblemente ampliado, en una modesta imprenta valenciana, Gráficas Turia. «No sospeché —diría su autor— que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia —millones de ejemplares— en tantos idiomas»(1). Ese libro ha contribuido a iluminar la vida cotidiana con una nueva luz y se llama Camino: un clásico de la literatura espiritual.

Una obra imperecedera

Camino
aporta, con respecto a otras obras de la espiritualidad católica, como el De imitatione Christi, o la Filotea de San Francisco de Sales, una novedad de gran trascendencia; muestra al hombre de la calle una perspectiva nueva, de honda entraña evangélica: la llamada universal a la santidad y el valor santificante del trabajo profesional ordinario. Muestra un camino de encuentro con Dios asequible a todos, andadero por los que viven en medio del mundo. Ese camino de santidad se traza en el primer punto del libro: «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.»

Una fuerte sacudida espiritual

Camino
es una obra sencilla: asombrosamente profunda en su sencillez. Son 999 breves puntos de meditación, que han dejado huellas indelebles en millares de vidas. Su lectura produce una fuerte sacudida interior. Peter Berglar narra su primer encuentro con sus páginas: «poco a poco —dice el historiador alemán— fui comprendiendo el secreto de este libro: los 999 puntos, a primera vista, pueden parecer prudentes reglas de vida o cuidados aforismos; además al principio se piensa: bueno, esta frase y aquella otra son especialmente acertadas, esta otra no me incumbe, aquella sólo en parte... Por eso, tanto una mente sencilla como una cabeza complicada, una inteligencia poco culta y otra superfilosófica se pueden "interesar" por él; hasta que por fin se ven fascinados y acaban reconociendo —cada cual por su cuenta y a su manera—que cada uno de los 999 puntos se asemeja a un profundo aljibe que nuestro reflexionar casi nunca llega a sondear totalmente»(2).

Camino trata de algo tan íntimo y tan complejo como el encuentro del hombre con Dios en medio del mundo. Se lee en el n. 301: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo.» «No se le pide al cristiano que se retire del mundo —comentaba Informations Catholiques Internationales en 1957— sino, por el contrario, que permanezca en el mundo y muy activo»(3). El influjo de esa palabra ha movido almas; ha cambiado vidas; ha producido una fuerte sacudida espiritual en personas de los cinco continentes de nuestro siglo y ha tenido una honda repercusión social.

Cada punto, una historia

Camino
guarda un singularísimo calor humano y espiritual. No es un libro de análisis, ni el fruto de una especulación fría sobre el hecho religioso. Es el reflejo de una vida enamorada de Dios que ha servido para que se enamoren de Dios muchas vidas. La mayoría de sus puntos tienen una historia concreta, como recuerda José María Casciaro: «no surgieron de la pluma como fruto del ingenio literario, sino de la práctica de las virtudes, de la experiencia pastoral, intensa y fina, y de las extraordinarias gracias fundacionales que Dios daba a quien había constituido en instrumento fiel para promover el fenómeno pastoral del Opus Dei. De ahí, sin duda, la fuerza de Camino, el impacto que causa su lectura, máxime quizá en quienes escucharon de viva voz a su autor»(4).

Sus páginas alientan al olvido de sí y a la entrega generosa a los demás. Llevan a edificar la vida sobre el cimiento firme de la filiación divina y el trato íntimo con Dios. Sólo así la vida puede mantener, renovadamente, su juventud: una juventud que, como señala Leonardo Polo(5), no la detiene en la inmadurez sino que la lanza adelante. El filósofo español evoca el punto n. 30 de Camino: «Eres calculador. —No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa». Porque sólo sobre ese cimiento puede construirse una sólida vida de piedad cristiana, como recuerda el arzobispo filipino, Mons. Oscar Cruz: «El Fundador del Opus Dei —escribe-- siempre hacía especial hincapié en la renovación interior, en el encuentro personal con Cristo a través de la oración y de los sacramentos: "Persevera en la oración. —Persevera, aunque tu labor parezca estéril. —La oración es siempre fecunda" (Camino, n. 101)»(6).

Palabras de sacerdote

Como escribe Mons. Escrivá de Balaguer en el prólogo, los puntos de Camino son palabras de sacerdote, confidencias «de amigo, de hermano, de padre», susurradas al oído de personas corrientes, empeñadas en vivir el Evangelio en medio del mundo con toda su plenitud. «El espíritu de Dios aletea en cada una de sus frases», se lee en Scrinium(7). Y se descubre en sus páginas, a pesar de los pudorosos celajes que el autor ha tendido sobre las anécdotas de carácter personal, la intensa relación con Dios de aquella alma egregia. Illanes evoca algunos puntos de Camino que permiten entrever de algún modo los sentimientos que llenaron el corazón del autor, desde que Dios le eligió como Fundador del Opus Dei(8), como el n. 427: «Señor: que tenga peso y medida en todo... menos en el Amor.»

Para todos

Es una obra para todos: casados, solteros, jóvenes, ancianos, intelectuales, personas sin formación cultural específica... No acota terrenos de santidad espiritual: abre todas las vedas. Frente a los falsos antagonismos, alza la señal de la cruz, la señal de la exigencia —más—, el signo de la suma, en definitiva. No formula disyuntivas falsas para el hombre de la calle: o mundo o santidad; oración o trabajo; entrega o matrimonio. Lo supera, con la fuerza del evangelio, con la esperanzadora —y comprometedora— capacidad del y: mundo y santidad en medio del mundo; oración y trabajo convertido en oración; entrega a Dios y matrimonio como camino de santidad para esa entrega.

Tampoco establece tensiones ficticias: matrimonio o celibato. Recuerda que lo decisivo es seguir la Voluntad de Dios para cada uno. Por eso, alaba el celibato, siguiendo la enseñanza del mismo Jesús y la doctrina de la Iglesia, y recuerda a los casados una verdad de entraña evangélica: que el matrimonio es un camino de santidad. Este mensaje ha producido ya frutos de santidad en todo el mundo, y miles de matrimonios han descubierto esta llamada a la plenitud de la vida cristiana en su propio estado gracias a las enseñanzas del autor de Camino; desde la perspectiva de este fin de siglo, resulta aún más ridícula la torcida interpretación que algunos quisieron hacer del punto 28, en el que afirmaba: «El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo (...).» Esas malinterpretaciones forzaban —con un sentido negativo que el autor jamás le dio— el sentido de la imagen «clase de tropa (matrimonio)-estado mayor de Cristo (celibato)». En ese punto se advierte, precisamente, su amor por el celibato y su amor por el matrimonio: cada estado sirve eficazmente en la batalla por la santidad. Lo importante es que cada uno responda generosamente a la llamada de Dios en aquel en el que Dios le ha colocado.

Mons. Escrivá de Balaguer da sugerencias concretas para tratar íntimamente a Dios en el estado que Él ha querido para cada uno. El Obispo de la diócesis portuguesa de Leiria-Fátima, al comentar el punto n. 8 de Camino («Serenidad. —¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin?»), recordaba las enseñanzas del Fundador del Opus Dei a los casados, para que no dramatizaran «los pequeños contrastes y divergencias, las diferencias temperamentales o ideológicas, fijándose cada vez más en las cualidades y no en los defectos del otro. Si no se obra así se corre el riesgo de matar el amor»(9).

El tiempo es gloria

Aunque su lectura es enriquecedora para todos, el marco natural del lector de Camino es la calle, con los afanes habituales del mundo y del trabajo. Cuando apareció el libro, sus enseñanzas sobre estas realidades humanas fueron desconcertantes para muchos, como evoca el Marqués de Lozoya: «"Los que andan en negocios humanos nos dicen —escribió en Camino— que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria." Entiendo muy bien —porque lo he vivido— que este modo de hablar apareciera —en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta— como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar —por un arrastre de siglos— que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres»(10).

La realidad del trabajo se aborda en sus páginas desde diversos aspectos, pero parte siempre desde esta afirmación central: el trabajo, hecho con perfección humana y sobrenatural, es medio de santidad y ocasión de apostolado para el hombre al que Dios llama a la santidad en medio del mundo. Un catedrático de la Universidad Libre de Berlín, Jordi Cervós, comentaba, a propósito del punto 816 («Has errado el camino si desprecias las cosas pequeñas»), el constante prevenir del autor de Camino «contra una sutil tentación, más frecuente y por ello más peligrosa que el burdo rechazo del trabajo como algo indigno o desagradable: el desprecio del detalle, el trabajo mal acabado»(11).

Pero, aunque sea un libro dirigido al hombre de la calle, las personas a las que Dios pide la separación del mundo pueden —como de hecho ha sucedido— sacar también un formidable provecho espiritual de su lectura. Existen numerosos testimonios de religiosos que agradecen el bien espiritual que esas páginas han hecho a su alma. Un testimonio entre muchos: la Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María escribía así al Santo Padre en la carta en la que postulaba la apertura del proceso de beatificación y canonización de Mons. Escrivá de Balaguer: «Hemos profundizado en su doctrina a través de algunos escritos como Camino (...) y estamos seguras de que el Señor ha manifestado su infinita bondad a través de la persona del fundador del Opus Dei. La lectura de sus obras nos ha ayudado de modo eficacísimo a estar más cerca de Dios y a vivir nuestra vocación con mayor profundidad»(12).

Un modo de mirar a Dios

Camino
es la antítesis del libro de laboratorio, de la visión extraña, de repulsa a lo real, del alejamiento de la realidad cotidiana. En su estudio sobre esta obra(13) Pedro Rodríguez escribe que «nada más lejano que Camino a un libro de gabinete, fruto de una elucubración raciocinante. La poderosa inspiración doctrinal que recorre todo el libro —el tiempo mostraría su carácter de adelantado de los tiempos— refleja un modo de mirar a Dios, la Iglesia y el mundo que no se explica sólo a partir de las "lecciones teológicas" que escuchara Mons. Escrivá de Balaguer en los centros eclesiásticos españoles de los años 20 —¡y el alumno era una inteligencia egregia!—, sino por una claridad de ideas, por una luz nueva (...) que han de ponerse necesariamente en relación con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928».

Es un libro para el hombre que vive en el mundo —sin ser mundano— y muestra la gran tarea de los laicos: la santificación ab intra de las realidades terrenas, tal como enseñó la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, del cual el Fundador del Opus Dei es en este tema uno de los grandes pioneros. «Camino —escribía Casas Manrique en El Siglo de Bogotá— asume una actitud positiva y optimista frente a las realidades terrenas: realidades queridas por Dios; no se lamenta de la época que nos ha tocado vivir; nos invita a amarla y a santificarla con nuestra acción para extender el reinado de Cristo por todos los caminos de la tierra siendo sembradores de paz y de alegría»(14). Es un libro, como señala Mons. Briva, estimulante y alegre: «En sus escritos, en su predicación, el Evangelio aparece con su sentido genuino de "buena noticia", de novedad que ahuyenta la tristeza. Vivía lo que enseñaba: que "la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre" (Camino, n. 657)»(15).

Un libro comprometedor

Es también un libro comprometedor: pide una intensa coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, una profunda unidad de vida entre la fe y las obras: «je has molestado —se lee en el punto n. 353 de Camino— en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?». Al comentar este punto de Camino, recuerda el Cardenal González Martín el amor a la libertad que presidía las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer. Un amor a la libertad que vibra con fuerza en muchos puntos del libro y que no fue siempre bien entendido: «Cualquier conocedor de la reciente historia de España sabe bien —escribe el Cardenal—que este punto de la libertad en cuestiones temporales ha sido un aspecto del mensaje y de la praxis del Opus Dei que, en algunos ambientes, ha provocado incomprensiones. Quizá por ello sea también uno de los temas que el Fundador del Opus Dei ha expuesto con fórmulas más claras»(16). Aludiendo a ese mismo punto n. 353, afirma Celaya que esa unidad no significa confusión de ningún tipo en el pensamiento del autor; y precisa que «informar con la doctrina cristiana todas las actuaciones no significa negar la legítima autonomía de lo temporal, ni pretender que la fe determine una única "solución católica" a los problemas sociales, políticos, etc. En esto la unidad de vida a lo que lleva es precisamente a unir la propia libertad con la propia responsabilidad»(17).

Más de tres millones de ejemplares

A pesar de todo lo expuesto, y considerando el panorama editorial mundial, surge la interrogante: ¿Un libro así puede convertirse, en los albores del año 2000, en un best-seller? La Prensa de Lima manifestaba su extrañeza: «En una época en la que tiene extraordinario éxito la literatura morbosa, que en nombre del arte no hace sino halagar bajos instintos, resulta desconcertante que tenga amplia acogida un libro que trata justamente de lo contrario: de la santidad»(18). Pero sí; las cifras son sorprendentes y a veces sobrecogedoras, si no se olvida un hecho: habitualmente las obras de esta índole alcanzan, con muchas dificultades, los diez, los veinte mil ejemplares. Camino ha rebasado ya sobradamente los tres millones, cuenta con más de doscientas ediciones, y se ha traducido a 36 idiomas. Castelli recuerda un detalle significativo: «Camino ha tenido el privilegio, hasta ahora reservado a pocas obras fundamentales, de ser traducido y editado en alfabeto "braille"»(19). Es, como afirma Torelló, «un libre de poche de los caminantes en esta tierra, de los trabajadores de la ciudad terrestre, cualquiera que sea su función social. (...) Lleva en su seno una clara laicidad, que explica su eficacia y su amplísima difusión»(20).

Un libro que hay que haber leído

Estas cifras confirman a Camino, tras casi medio siglo, como un libro de audiencia mundial y de fortísima incidencia popular. Su edición en formato pequeño ha permitido que millones de personas lo lleven siempre consigo. Se ha convertido en un libro de consulta, de cabecera, de cita frecuente y casi obligada.

Esta realidad testimonia la universalidad del mensaje cristiano y del espíritu del Opus Dei, presente en Camino. Millones de personas lo leen diariamente. Se puede citar como ejemplo a Pablo VI, que manifestó que lo leía habitualmente desde hacía muchos años. En este mismo sentido, escribía el entonces Nuncio Apostólico en Italia Mons. Romolo Carboni: «Como libro de lectura y de meditación, de retiro y de ejercicio espiritual llevo siempre conmigo el Nuevo Testamento, el Concilio Ecuménico Vaticano II y Camino de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, don preciosísimo. Mons. Josemaría Escrivá me ilumina, me guía, me inspira, me edifica, me hace un bien inmenso para el tiempo y la eternidad. Todos los días le invoco para que me ayude en todas las situaciones y en mis necesidades espirituales y materiales, y para que me ayude a cumplir sola y plenamente la Voluntad de Dios. Sé que me ayuda»(21).

Tras su lectura, una persona la recomienda efusivamente a otra, y se convierte en un libro que «hay que haber leído» para estar en sintonía espiritual con el propio mundo. Muchas personas lo difunden —el bien es difusivo— por el impacto que les ha producido su lectura; otras lo hacen movidas por un afán directamente apostólico. Evoca un benedictino, Manuel Garrido Boñano, un recuerdo personal de los años 40, que se ha multiplicado con rasgos parecidos en los lugares más diversos del planeta. «Fue entonces —escribe— cuando leí por vez primera Camino en una edición voluminosa que creo fue la primera con ese título. El ejemplar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo he leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura»(22).

Amigo a amigo

El lector contemporáneo está acostumbrado a la tramoya publicitaria de los best-seller, que se ofrecen con todos los reclamos del consumismo literario —con frecuencia torpes y bajos—y gracias a los resortes de influencia en la opinión pública de un amplio aparato editorial. Camino ha recorrido el camino inverso. Su primera edición —2.000 ejemplares— apareció en 1939. Los ejemplares se vendieron lentamente; la segunda, de 5.000, se realizó en 1944, en tiempos de una penosa posguerra. Fue una edición cuidada, pero modesta. No hubo «lanzamiento» editorial de ningún tipo. Fue difundiéndose por todo el mundo lectura a lectura. Amigo a amigo.

No es fruto de un marketing hábilmente programado; por el contrario, en muchos casos han sobrado las dificultades. En algunas latitudes sigue publicándose en las circunstancias más adversas. La Vanguardia recogía el 3-11-83 la noticia de la edición de Camino en polaco, la primera que se realiza en un país del bloque soviético. La tirada fue de 20.000 ejemplares, «cantidad muy considerable teniendo en cuenta las dificultades económicas por las que atraviesa el país y en especial la gran carestía de papel». A pesar de ello, el portavoz de la editorial consideraba la edición «agotada el mismo día de su puesta en venta».

Una revolución silenciosa

El hecho de que el mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei, trazado a grandes líneas en los puntos de Camino, sea hoy vivido por millones de personas y aprobado de modo solemne por el Concilio Vaticano II, no debe hacer olvidar el profundo impacto —y a veces desconcierto— que producía en los lectores de Camino de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Luis Alonso(23) recuerda que esa doctrina constituía algo revolucionario, hasta tal punto que el Fundador del Opus Dei «hubo de sufrir el ser tratado como un soñador, fuera de la realidad. (...) La novedad de las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer no consistía sólo en nuevos "modos" de llevar a la práctica una tarea apostólica más o menos similar a lo que se vivía en aquellos tiempos dentro de la Iglesia. Era una auténtica revolución en el concepto y práctica del apostolado. Paradójicamente se fundaba esta doctrina en el Evangelio y era la vida propia de los primeros cristianos. (...) En 1939 Mons. Escrivá de Balaguer hablaba así a personas que viviendo en medio del mundo sentían a fondo su vocación cristiana: «Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!» (Camino, n. 848).

Para ese lector acostumbrado a libros de devoción que le dibujaban un panorama de la vida cristiana que era, en muchos casos, una «acomodación» forzada de diversas espiritualidades religiosas, extrañas a las costumbres del hombre de la calle, y desenraizadas de la tierra concreta de su existencia cotidiana, las páginas de Camino representaban una novedad casi —y sin casiescandalosa. Le chocaban especialmente, como recuerda María Mercedes Otero, algunos puntos (por ej., nn. 832, 837) que enseñaban a saber estar en el propio sitio, «sin dejarse deslumbrar por el brillo de tareas ajenas al querer de Dios para cada uno; la incapacidad para saber ocupar el propio puesto origina desquiciamientos de diversos matices, dando lugar, por ejemplo, al triste espectáculo del laico clerical o del sacerdote representando el papel de laico, caricaturas que no entrañan ninguna eficacia para la vida real»(24).

A pesar de esa incomprensión inicial, Camino ha tenido una fuerte influencia dentro y fuera de la Iglesia. Esta obra expresa, según Guillemé Brûlon, «el carácter eterno de la Iglesia, al mismo tiempo que sus insondables capacidades de renovación»(25). Es un libro que ha nacido del amor a la Iglesia y en el que se enseña a amar a la Iglesia y a servirla opere et veritate, con obras y de verdad. En su estudio sobre el amor a la Iglesia y al Papa del autor de Camino, Cormac Burke(26) afirma que «para Mons. Escrivá de Balaguer era inconcebible que un cristiano no amase a la Iglesia. Sería no amar a Cristo. Evidentemente sabía que si muchos cristianos no aman a Cristo como deberían, tantas veces es porque desconocen su verdadero rostro amable». Y recuerda el punto n. 212 de Camino: «Ese Cristo que tú ves no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que puedan formar tus ojos turbios... —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!». Concluye Burke con una breve exposición del pensamiento de Mons. Escrivá de Balaguer: «Y si muchos cristianos no aman a la Iglesia será por idéntica razón: poseer una imagen pobre de lo que es la Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico. El gran afán de su vida era ayudarles a clarificar su mirada, para que —con las limpias luces del Amor— tuviesen una visión perfecta y su imagen de la Iglesia fuese realmente la de Cristo.»

Quizá en esta última frase se encuentra la clave decisiva para la comprensión de Camino. Es una lectura que ayuda decisivamente a encontrar a Dios, que se clava en medio de la propia biografía como un aluvión poderoso de fe, que busca remover los recuerdos «para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor»(27). Mons. Vicuña, Arzobispo de Puerto Montt (Chile), ofrecía uno de esos testimonios que muestran cómo la lectura de Camino se ha entretejido en miles de vidas: «el ejemplar que yo conservo —escribe— con un valor afectivo sumamente especial, es el que mi madre tuvo a su lado hasta el momento de morir, después de haberlo usado y gastado por años, con mucho aprovechamiento espiritual, en su lectura y oración personal. Y ya no sabría decir la cantidad de personas que conozco, cuyo descubrimiento de Jesucristo ha seguido los pasos de ese bien llamado Camino»(28).

Para la multitud, para la intimidad

Es un libro para la multitud y, paradójicamente, para la intimidad. Lo expresa gráficamente el Cardenal Rosales, Arzobispo de Cebú, cuando afirma que Camino habla al oído de millones de personas(29). Su lectura inaugura con frecuencia fechas en el alma, antes y después particularmente decisivos. Escribía un diario holandés: «De Weg está tan cerca de nosotros que no podemos decir nunca: "Sí, pero esto sólo vale para los privilegiados". Más bien tendremos que reconocer sinceramente muchas veces: "¡esto es lo que yo necesitaba!"»(30).



Diálogo con Dios

Es un libro de diálogo: de diálogo con Dios, de diálogo con el autor. Un libro de diálogo con Dios, al que se llega también de la mano del autor, que escribe en el prólogo: «Lee despacio estos consejos. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios.» Camino propicia la oración serena, el encuentro cordial con Dios, la confrontación de la propia vida con el querer divino. «Es un libro que se puede meditar incansablemente durante toda una vida», afirma L'Homme Nouveau(31) . Sus páginas nacieron de la oración y sólo se entienden plenamente en la oración: por eso, nadie lo lee con plenitud si no convierte su lectura en diálogo con Dios.

Y es un libro de diálogo con el autor. Mons. Vallebuona lo evoca así: «Corría el año 1950. La Iglesia miraba y peregrinaba a Roma: era el Año Santo. Yo, joven salesiano estudiante de Filosofía, también peregriné. Alguien me hace un regalo: un libro pequeño, muy buscado y que pronto se agotaba. Camino. Tengo la sexta edición. (...) Ya desde su primera página sentí una particular atracción. (...) Había topado casualmente con un Maestro de Espiritualidad. Pasan los años: otro Año Santo: 1975. Estaba en Roma ese 26 de junio, cuando discretamente parte para el encuentro definitivo con Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Sentí otra vez su cercanía. "Por sus frutos los conoceréis": criterio evangélico incontrastable. Lo voy certificando en profundidad. Mi actividad y servicio pastoral específico, la educación, me hace percibir selectivamente un legado, un mensaje educacional riquísimo en este hombre de Dios. He visto concretar este proyecto educativo y pastoral en la concorde y ordenada laboriosidad de sus hijos: la Universidad de Piura y Valle Grande de Cañete. Allí hay una escuela evangelizada y evangelizadora, donde el desarrollo personal es seguido con respeto y cariño, la dimensión religiosa ocupa su justo lugar y el muchacho puede con alegría encontrar a Dios, conocer y amar a Jesucristo, y recorrer el camino de la fe hasta la santidad. Hay preocupación por hacer crecer a cada uno según el proyecto de Dios, ayudando a madurar los gérmenes de vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales que Dios siembra en tantos corazones. Esto lo he apreciado personalmente, de cerca»(32).

Hemos transcrito esta extensa cita porque retrata un iter habitual, que comienza con la lectura de Camino, encuentra luego el poderoso atractivo de la personalidad del autor y de su mensaje, y descubre por último la concreción humana de ese mensaje: la lucha de miles de personas por encarnar ese espíritu —el Opus Dei—. Esa lucha se traduce, en la vida de tantos hombres y mujeres, en obras de apostolado en todo el mundo y en gozosos frutos de santidad. Pero habitualmente, ese itinerario comienza en las páginas comprometedoras de este libro. «Leyéndolo —escribía Ivo Cisar en Humanitas— se encuentra uno asido por una mano fuerte que lo proyecta en un momento hacia lo sobrenatural»(33). «Advertí en su libro Camino —relata el Arzobispo de Guayaquil— que detrás de esos puntos de reflexión no había un hombre teórico, ensimismado en la elaboración de unas frases gráficas al margen de la vida real, sino un sacerdote que llegaba a la situación concreta del cristiano: todo era directo, incisivo, sacudía el alma con una exigencia de compromiso»(34).

Los testimonios de esa llamada al compromiso son numerosos y provienen de los cinco continentes. Recuerda Mons. Albert Kanene, Obispo de Awka (Nigeria), que la lectura de este libro le llevó a tener «un gran interés por la espiritualidad del Opus Dei ya una profunda admiración y devoción hacia su Fundador»(35). En otro extremo de la tierra, un Obispo filipino, Mons. Reyes, hace la misma afirmación: «He leído con frecuencia su libro Camino. Y estoy convencido que Mons. Escrivá de Balaguer debe ser un hombre muy santo y digno de ser venerado en los altares»(36). Los 999 puntos revelan pronto su entraña autobiográfica, la santidad de vida de su autor, aunque intentara velar pudorosamente, humildemente, las anécdotas vividas bajo un «me contaron que».

Las personalidades más diversas del ámbito civil han subrayado también el bien que ha hecho a su alma ese encuentro, por medio de Camino, con la poderosa personalidad del Fundador del Opus Dei, aunque muchos de ellos partan de presupuestos culturales y religiosos muy diversos Escribía un judío, Stuart Idelson: «Tuve el privilegio de conocer a Mons. Escrivá durante una visita a Roma en 1963, cuando estaba traduciendo su libro Camino del español al hebreo. Mons. Escrivá me produjo una gran impresión: era un hombre de gran corazón empeñado en la búsqueda de la paz entre las naciones y con un gran amor a toda la humanidad»(37).

Una dimensión nueva

En la actualidad la Iglesia ha abierto el proceso de Beatificación y de Canonización del autor de Camino, y su fama de santidad se extiende por todo el mundo. Y ese diálogo lector-autor ha adquirido una dimensión nueva: se ha convertido en devoción privada y se pasa, de modo natural y espontáneo, de la lectura a la oración, y la oración se vuelve petición confiada en la intercesión del autor. Escribía en 1975 el Obispo de Tarazona: «Las palabras escritas hace casi cuarenta años por Mons. Lauzurica en el prólogo de Camino reflejan con exactitud mi pensamiento: "En estas páginas aletea el espíritu de Dios. Detrás de cada una de sus sentencias hay un santo que ve tu intención y aguarda tus decisiones"»(38).

El amor, la muerte, Dios

Todos estos rasgos consagran a este libro como un clásico de la literatura espiritual. Las grandes obras clásicas giran en torno a tres temas centrales: el amor, la muerte, Dios: Romeo y Julieta, La Vida es Sueño, La Divina Comedia... Camino gira fundamentalmente «en torno de Dios, antiquísima torre», como escribía Rilke(39), y en esa tensión ascensional queda arrebatado el amor y superada, comprendida en su misterio, la muerte. Mons. Escrivá de Balaguer da un espléndido resumen de la vida del cristiano, marco del amor a Dios y a los demás, antesala de ese encuentro definitivo con el Creador llamado muerte: «Portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios.» El amor, la caridad fraterna, está anclada en ese ser y saberse hijos de Dios. Y comenta Ocáriz(40): «este fundamento sobrenatural confiere a las manifestaciones de la fraternidad entre los cristianos unas exigencias también de respeto —que no es frialdad, ni oficiosidad—, que le han de dar un tono de delicadeza humana: amor y respeto a los demás, que sea amor y respeto a la imagen de Cristo, a Cristo mismo, en ellos. Entendemos así el profundo contenido sobrenatural de aquel consejo del Padre: "Tú, hijo predilecto de Dios, siente y vive la fraternidad, pero sin familiaridades" (Camino, n. 948)».

Recorre medularmente el libro ese sentido de filiación divina, de cercanía con Dios, presente siempre en la génesis de cada uno de los puntos: Camino busca, fundamentalmente, hacer cercano a Dios. A un Dios que espera, como escribe Cornelio Fabro(41), que nos abandonemos en sus brazos paternales. Ese abandono es, entonces, «la cadena más potente y más dulce para someter nuestra voluntad a la voluntad de Dios, en una unión de corazón, plena de confidencia y de afectuosa intimidad. Además, el abandono posee por excelencia el secreto de asegurar la libertad del alma, pues —como afirma Mons. Escrivá de Balaguer— "nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos" (Amigos de Dios, n. 35). Y, a la vez, "El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra" (Camino, n. 766); para asegurar la paz y la alegría del corazón (cfr. Ibídem, nn. 659, 768)».

Un clásico

En ese sentido, y con las características propias de los libros de espiritualidad, puede considerarse a Camino un «clásico» dentro de los libros de su género. Camino hunde sus raíces en la Sagrada Escritura; expone vivísimamente las verdades cristianas; se hace eco de las enseñanzas de los grandes maestros de espiritualidad a lo largo de las diversas épocas; y plantea un nuevo panorama, de entraña evangélica, desconcertante aún para muchos: la llamada universal a la santidad. Una llamada que el Concilio Vaticano II ha proclamado a los cuatro vientos. Aquí se encuentra una de las claves de su permanente novedad, y es la razón por la que su lectura se convierte frecuentemente en un «descubrimiento».

El libro goza de la madurez de la lengua y el lenguaje guarda una sorprendente concisión: expresiones fugaces; ráfagas de imágenes; consideraciones vivísimas. La expresión se tensa en un esfuerzo máximo de fuerza y dinamismo. Siempre, con exigente economía expresiva, se perfila la palabra hasta la quintaesencia, sin crisparla, buscando —y encontrando— el anillo verbal justo. Se lee en Cittá Nuova: «El estilo es incisivo, brillante: refleja generosidad y frescor de ideales»(42). Pero no es un código: como señalaba Times(43), «no es un libro de reglas ni un metódico libro de texto. Sus mil menos una sentencias no tratan de imponer ninguna reglamentación: desean llevar a la reflexión personal, al juicio y a la iniciativa». Y todo con amenidad y elegancia, que son «las características de esta obra que muy bien podemos definir como el Kempis del siglo xx», según afirmaba Scrinium(44). Y proseguía Luigi Castiglione(45): «Simple, humanísimo, lleno de mordiente, rico de razones fuertes, para la mente y el corazón, para el vivir y el obrar, para la alegría y el dolor.»

T. S. Eliot hablaba de algunas cualidades propias de los libros clásicos: madurez de espíritu, que exige historia y conciencia de la historia; madurez de costumbres, que convierte la obra en reflejo de una sociedad madura y que se expresa en un código universal, no localista; amplitud, que es la cualidad de los clásicos de encontrar un eco en todo tipo de hombres en su propia lengua (lo que Eliot denomina «clásicos relativos»); y universalidad, que se cumple cuando una obra literaria tiene, además de esa amplitud en su propia lengua, la misma significación con respecto a literaturas extranjeras («clásicos absolutos»). Eliot aludía también al código universal propio de las obras clásicas. Muchas de esas cualidades se cumplen en Camino, que, a pesar de que la plenitud de su fuerza expresiva se da en castellano, no se diluye al traducirse a otras lenguas. El mensaje espiritual conserva su fuerza viva y enriquecedora en tamil, swahili, amharico, ucraniano, tagalog, esloveno, noruego, gaélico, chino o vascuence. El comentarista de la edición vascuence «Bidea» recordaba cómo «ha sido comentado una y otra vez como una de las más notables aportaciones que se han hecho en la historia de la Iglesia a la espiritualidad de los laicos»(46).

Un eco en todo tipo de hombres

Otros teóricos de la literatura consideran que el verdadero clásico es aquel que enriquece decisivamente el espíritu humano, que «habla a todos en un estilo propio en el que hay algo de cada uno; en un estilo nuevo sin neologismos —nuevo y antiguo a la

vez— fácilmente contemporáneo de todas las edades, de todos los tiempos» (Sante Beuve). Un historiador alemán, Peter Berglar, escribía en este sentido que «Camino tiene en común con las grandes obras de la literatura y del arte su adecuación plena a cualquier capacidad intelectual: «al que "no le diga absolutamente nada" seguramente es porque él no se dice nada a sí mismo»(47). Un articulista peruano corrobora esta idea: «Camino llega de un modo sorprendente a las más variadas mentalidades: lo conocen el obrero y el artista; el hombre de negocios y el asceta; lo lleva en el bolsillo el catedrático universitario (...). Hay quien lo lee de un respiro y quien (...) lo tira al fondo de un cajón donde continuará siendo una amenaza para cada seguridad mediocre»(48).

Todo esto forma parte de la historia cotidiana de Camino. Personas con culturas e ideologías diversas, incluso no cristianos, de naciones y razas diferentes, encuentran en sus páginas respuestas a sus interrogantes. En este mismo sentido escribían Sir John Biggs-Davison, miembro del Parlamento de Gran Bretaña(49), o Giulio Andreotti, destacado político italiano: «Vivimos en un tiempo del cual se puede decir lo que él escribía hace ya muchos años en su libro Camino, que tanto bien ha hecho a millones de almas: "estas crisis mundiales son crisis de santos"»(50).

Historia de una conversión

Escribía Paulina Lo Celso en 1972: «Camino es un libro de lectura para protestantes, musulmanes, judíos... Sin duda en el alma china (siempre sensible a la presencia de Dios en el mundo) las palabras de Camino ("Lu") encontrarán inmediata sintonía...»(51). Cada encuentro, cada lectura, marca habitualmente una historia. Podrá suscitar el rechazo —es un libro de fe— o la admiración, pero no la indiferencia. Y con frecuencia Dios se sirve de esas páginas para lograr milagros del espíritu: «Nací en el seno de una familia protestante de las Antillas Británicas —escribía Patricia Anderson, una profesora inglesa—. Tengo cinco hermanas y un hermano. A los catorce años fuimos a vivir a Jamaica. Mi padre era pastor de la iglesia metodista y fui educada en una escuela católica de las mercedarias. Aunque no tenía ningún interés de tipo religioso, asistía a veces a las clases de religión (...). Leía y meditaba Camino, el libro de Mons. Escrivá de Balaguer. Poco a poco Dios me iba dando su gracia y me iba confirmando en el deseo cada vez más fuerte de conocer a fondo el catolicismo y convertirme. Estoy segura que las palabras del Fundador del Opus Dei fueron las que me removieron y las que avivaron esta inquietud, esta necesidad de verdad. Siempre he pensado que mi conversión se la debo a él»(52).

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 36.

(2) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Ed. Universidad de Navarra, Pamplona, 1985.

(3) Informations Catholiques Internationales, París, 15. VI. 1957.

(4) JOSÉ MARÍA CASCIARO, «La santificación del trabajo en medio del mundo», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(5) LEONARDO POLO BARRENA, «El concepto de vida en Mons. Escrivá de Balaguer», en Anuario Filosófico, Ed. Universidad de Navarra, vol. XVIII, n. 2, Pamplona, 1985.

(6) MONS. OSCAR CRUZ, «Mons. Escrivá de Balaguer», en Hoja del Lunes, Ciudad Real, 25. VI. 79.

(7) Scrinium. Elenchus bibliograficus universalis (Pax Romana), Friburgo, Suiza, mayo, 1952.

(8) JOSÉ Luis ILLANES, «Dos de octubre de 1928», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(9) MONS. ALBERTO COSME DO AMARAL, «Em defesa da familia», Familia cristá, Lisboa, IV, 79.

(10) Marqués de Lozoya «Un trabajador de Dios», Pueblo, Madrid, 26.VI.1976.

(11) JORDI CERVÓS, «Trabajar cara a Dios», La Vanguardia, Barcelona, 6.VI.79.

(12) SOR ÁNGELES FERNÁNDEZ COFRECES, Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María, Carta al Santo Padre, Valladolid, IX. 1975.

(13) PEDRO RODRÍGUEZ, «"Camino" y la espiritualidad del Opus Dei», Teología Espiritual, 9, pág. 213, 1965.

(14) FRANCISCO CASAS MANRIQUE, «Camino, un libro de espiritualidad para los laicos», El Siglo, Bogotá, Colombia, 21.VI.64.

(15) ANTONIO BRIVA, «Sembrador de paz y de alegría», en La Hora Leonesa, León, 25.VI.78.

(16) ABC, 24. VIII. 75.

(17) IGNACIO DE CELAYA, «Unidad de vida y plenitud cristiana», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(18) La Prensa, Lima, Perú, 10.IX.62.

(19) PIETRO CASTELLI, «Cammino»., en La Rocca, Asís, Italia, 15.VII.60.

(20) JUAN BAUTISTA TORELLÓ, «La espiritualidad de los laicos», en La vocación cristiana, Palabra, Madrid, 1975.

(21) Mons. ROMOLO CARBONI, Carta al Santo Padre, Frascati (Roma) IX.1978.

(22) MANUEL GARRIDO BOÑANO, «Evocación a los cincuenta años de la Fundación del Opus Dei», en la Hoja del Lunes, Las Palmas de Gran Canaria, 2.X.78.

(23) Luis ALONSO, «La vocación apostólica del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(24) MARÍA MERCEDES OTERO, «El "alma sacerdotal" del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(25) JACQUES GUILLEMÉ BRÚLON, Le Figaro, París, 24.111.64.

(26) CORMAC BURKE, «El Amor a la Iglesia y al Papa», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(27) Camino, Introducción.

(28) MONS. ELADIO VICUÑA, «Mons. Escrivá de Balaguer», en El Mercurio, Valparaíso, Chile, 22.X.1980.

(29) CARDENAL JULIO ROSALES, «Un sacerdote cien por cien», Santa Cruz de Tenerife, 10.11.82.

(30) «Waarheid en Leven», Amsterdam, 12.XII.1974.

(31) «Mgr. Escrivá de Balaguer», en L'Homme Nouveau, París, 20.VII.75.

(32) MONS. EMILIO VALLEBUONA MEREA, «Año jubilar del Opus Dei», en El Tiempo, Piura, Perú, 4.XII.78.

(33) IVO CISAR, Humanitas, Brescia, Italia, mayo 1960.

(34) MONS. BERNARDINO ECHEVARRÍA RUIZ, «José María Escrivá: santidad cristiana en la vida ordinaria», en El Telégrafo, Guayaquil, 26.VI.76.

(35) MONS. ALBERT KANENE, «Opus Dei: What is it all about?», en The Leader, Owerri (Nigeria), 23.IX.1979.

(36) MONS. VICENTE P. REYES, Carta al Santo Padre. Cabanatuan City (Filipinas), 4.IX.1975.

(37) STUART IDELSON, Carta al Santo Padre, Wetsmount (Canadá), 14.VIII.75.

(38) MONS. FRANCISCO ALVAREZ MARTÍNEZ, Obispo de Tarazona, Carta al Santo Padre, Tarazona, 24.VII.75.

(39) RAINER MARÍA RILKE, El Poeta, II.

(40) FERNANDO OCARIZ, «El sentido de la filiación divina», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(41) CORNELIO FABRO, «El primado existencial de la libertad», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(42) Città Nuova, Roma, 30.VIII.1960.

(43) Times, 20.VIII.59.

(44) Scrinium, op. cit.

(45) LUIGI CASTIGLIONE, «Un Best-seller cattolico», Il Popolo, Roma, 12.VI.62.

(46) Diario de Navarra, 1.IX.64.

(47) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(48) Orientación, Lima, Perú, VII-VIII. 1960.

(49) Sir J OHN BIGGS-DAVISON, Carta al Santo Padre, Londres, 31X.1975.

(50) GIULIO ANDREOTTI, Carta al Santo Padre, Roma, 31.X.1975.

(51) PAULINA Lo CELSO, Esquiú (Buenos Aires), 6.VIII.72.

(52) PATRICIA ANDERSON, Carta al Santo Padre, Madrid, 25.11.1976.

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