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Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos...
Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que El oyó del paralítico, en la piscina probática: “hominem non habeo! ¡no tengo hombre!
¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!
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