Josemaría Escrivá Obras
 
 
 
 
 
 
 
 
  Santo Rosario > Tercer misterio doloroso. Coronación de espinas > Punto 8
8

     ¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey!

     —Llevan a mi Señor al patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marc., XV, 16) —Los soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. —Con un trapo de púrpura, viejo y sucio, cubren a Jesús. —Una caña, por cetro, en su mano derecha...

     La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas... Ave Rex judæorum! —Dios te salve, Rey de los judíos. (Marc., XV, 18.) Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean... y le escupen.

     Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! —Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale!, ¡crucifícale! (Joann., XIX, 5 y 6.)

     —Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

     Ya no más, Jesús, ya no más... Y un propósito firme y concreto pone fin a estas diez Avemarías.

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