Josemaría Escrivá Obras
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Aqu, en la presencia de Dios, que nos preside desde el Sagrario —cmo fortalece esta proximidad real de Jess!—, vamos a meditar hoy acerca de ese suave don de Dios, la esperanza, que colma nuestras almas de alegra, spe gaudentes, gozosos, porque —si somos fieles— nos aguarda el Amor infinito.

No olvidemos jams que para todos —para cada uno de nosotros, por tanto— slo hay dos modos de estar en la tierra: se vive vida divina, luchando para agradar a Dios; o se vive vida animal, ms o menos humanamente ilustrada, cuando se prescinde de El. Nunca he concedido demasiado peso a los santones que alardean de no ser creyentes: los quiero muy de veras, como a todos los hombres, mis hermanos; admiro su buena voluntad, que en determinados aspectos puede mostrarse heroica, pero los compadezco, porque tienen la enorme desgracia de que les falta la luz y el calor de Dios, y la inefable alegra de la esperanza teologal.

Un cristiano sincero, coherente con su fe, no acta ms que cara a Dios, con visin sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: qu sursum sunt qurite; buscad las cosas de arriba, donde Cristo est sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estis ya —a lo que es mundano, por el Bautismo—, y vuestra vida est escondida con Cristo en Dios.

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